Las cosas de mis cosas.

Puerto Vallarta en la década de los 50s del siglo XX era un lugar maravilloso para crecer. Ahí nací, soy pata salada© y el mar es un elemento muy importante en mi mundo. Así crecí en la vasta naturaleza de sus montañas y sus arroyos, explorando caminos explorados e inexplorados, muchas veces a pié, otras en bicicleta y otras a caballo. Los paseos familiares consistían en la reunión de tres familias y a caballo llegábamos a alguna cascada que el tiempo de aguas ponía potente con una charca donde podíamos con seguridad bañarnos y comer al mediodía los ricos tacos de arroz, de carne y de frijoles. Cuando salíamos muy temprano nos llevaban chocolate en leche, tacos de carne y de frijoles para desayunar. La mayoría de las veces estos paseos duraban todo el día. Las salidas a la playa significaban también la posibilidad de comer el delicioso pescado asado.
Decía que el mar conforma de muchas maneras mi mundo. Todas las mañanas al despertar, mi primer acción era salir de mi cuarto y contemplar el mar, ese hábito lo llevo en mí por mi madre que nos transmitió el interés por y la interacción con el mar según los propios ritmos de los océanos. Esta parte pequeñita del mar que nos tocaba todos los días hacer parte de nuestra cotidianeidad en la Bahía de Banderas, tenía sus ritmos predecibles y muchas veces impredecibles. En el mes de mayo eran las “bañadas de mayo” y con el tiempo he comprendido que mi madre llevaba a cabo ciertos rituales cada vez que había un nuevo miembro en la familia y en cuanto entraba el mes de mayo había que bañar a esa criatura con las aguas de la bahía, y era en mayo porque estaban calmadas. Pero de pronto algunos días del año nos sorprendía la fuerza de las olas y sobre todo cuando la luna se mostraba con su cara completa. 
Por mi papá leí El mar que nos rodea, de Orestes Cendrero un libro que ya no se encuentra ni en las bibliotecas, pero una obra que invitaba a apasionarse por las ciencias del mar. Existe una publicación de 1952 con el mismo título pero escrito por Rachel L. Carson, habrá que leerlo. El de Orestes Cendrero queda en mi memoria como un sueño, un sueño lleno de imágenes de las sobrecogedoras profundidades y de los senderos inexpugnables del mar y también porque ahora, en el presente, el encontrar el libro, física o digitalmente, es casi imposible.

 

Foto PV

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